Marcela Soto Ahumada OP

El ministerio de la predicación en la Orden de Predicadores y como Familia Dominicana se redescubre como un ministerio para todos y todas, nada de exclusivo para algunos y nada de excluyente, todo lo contrario, compartimos hombre y mujeres, este carisma que nos exige vivir los elementos día a día: estudio, contemplación, comunidad y predicación.

Por ello a nivel Latino Americano, de la Amerindia diversa y plural, por la década de los 90’, se gestó un espacio de reflexión teológica de las mujeres dominicas, uniendo a mujeres deseosas de plantear y narrar las propias experiencias de Dios, desde los lugares en donde teníamos raíces. Fueron diez años de hacer teología desde nuestro ser de mujeres dominicas en América Latina, extendiéndose al norte de América. Fue un tiempo de gracia en la cual pude ser parte de ese proceso y ruta teológica. Aparte de mis estudios universitarios, licenciatura y maestría, ese tiempo resultó muy formativo y asentó un norte y un desde dónde hacer teología: desde abajo y en lenguaje de mujer.

Este rehacer se configura en elementos que se convierten en actitudes de vida, que hacen del quehacer teológico:

  1. Desde abajo. Porque las mujeres estamos insertas en su mayoría, seamos religiosas o laicas, en mi caso en un barrio, en el cerro San Miguel de Cochabamba en Bolivia. Caminamos entre el quehacer de la casa o comunidad, entre la cocina y el escritorio, entre el negocio o la “tienda” de la esquina y las clases, entre la conversación en el “trufi”(movilidad o medio de transporte) o micro y las reflexiones…, no importa la lengua que se hable, el modo de vestirnos, de cantar y bailar. De este modo se genera la predicación, desde ahí se busca la verdad, desde lo pequeño, lo humilde, lo cotidiano, desde Abya yala, la amerindia originaria.
  2. Tejiendo espacios abiertos. Al modo de Domingo que caminaba por los caminos abriendo horizontes de verdad y amistad. En espacios de búsqueda de la verdad, la diversidad de colores, el o la diferente, lo plural no es obstáculos para el diálogo, el intercambio e saberes.
  3. En solidaridad. Con tantas mujeres que no tienen derecho, ni espacio ni voz, porque se nos ha silenciado por siglos. Cada día salen a la luz realidades y situaciones de violencia, de exclusión e incluso de muerte en torno a la mujer, lo que exige gestar redes de escucha, de protección, de ayuda y de escribir sus propias historias, en donde Dios nunca abandona.
  4. En lenguaje de mujer. Mujeres que narran historias, cuentan los pequeños y grandes momentos del paso de Dios por sus vidas. El lenguaje fluye en forma narrativa, se cuenta lo vivido, lo que se vive y lo que se está por vivir junto al Dios de la vida y la historia. Es un lenguaje circular, íntimo, afectivo, con fuerza y poder, que genera vida desde lo cotidiano, se convierten en actitudes de vida que promueven cambios en lo pequeño y en lo grande, todo está conectado… no hay hilos sueltos, todo es parte del ser.

La vida con su historia y sus encuentros en lo cotidiano, ha ido dando pasos y abriendo caminos, ¡por fin!, para que las mujeres teólogas podamos poner palabra, texto y narración teologal en las reflexiones que la comunidad eclesial y ecuménica espera en cada momento del acontecer hermenéutico de la presencia de Dios en la humanidad, su querer y su proyecto.

Según Catalina de Siena el conocimiento de sí mismas es el punto de partida y a la vez el cimiento fundamental para realizar este camino (cf. M. Soto Ahumada, Hermenéutica del Ministerio de la Predicación Dominicana en perspectiva Teológia Feminista desde América Latina, Cochabamba, 2015, 102)… el camino teológico, en donde no podemos olvidar a aquellas mujeres valientes, atentas a la mesa del santo deseo. Entre todas tejemos santos deseos alrededor de la mesa, tejido de gran colorido por la diversidad de experiencias y de desafíos.

De este modo, con el tiempo, entre huellas, deseos compartidos tomamos la palabra en nombre de la Palabra, asumimos la responsabilidad del Amor de Dios, del Dios humanado para hacer teología, en medio de los caminantes de diversos pueblos, poniendo el oído donde salta, susurra o corre la historia de la salvación.

Es un proceso a ritmo de mujer y latinoamericano, integrándose a los diálogos teológicos lo propio del mundo indígena, de los afroamericano, de los mestizo, junto con ello el sufrimiento, la opresión y exclusión de las mujeres, haciendo causa con los varones y todo aquel que busque espacios de igualdad y liberación (cf. M. Soto Ahumada, Hermenéutica, 130).

Es teología que compromete a ser parte de ese Reino anunciado por los profetas y las profetas, por el Dios humanado, por mujeres y hombres creyentes con la agilidad de María Magdalena, como nuestras propias madres y padres que nos mostraron el rostro de Él, que nos amó y nos ama tanto, que hace posible dar la vida por los y las amigas en este mundo de duelo y esperanza, de violencia y paz, de vacíos y vida… seguir escribiendo en nombre de Dios Padre y Madre.

 

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